Publicado por paco el

El salto a la esmeralda: La travesía desde Cangas

El aroma a salitre y el eco de las gaviotas daban la bienvenida a Elena mientras caminaba por el paseo marítimo de Cangas de Morrazo. En el horizonte, apenas perceptibles tras la bruma matinal de la Ría de Vigo, las Islas Cíes se perfilaban como un tesoro prohibido. Para muchos, el acceso al archipiélago comienza en la gran ciudad, pero Elena sabía que la verdadera esencia del viaje es como ir a las islas cíes desde cangas de morrazo, donde el ritmo es más pausado y el trayecto se siente como parte del propio destino.

El primer paso de la expedición no fue físico, sino digital. Semanas atrás, Elena había tenido que navegar por la web de la Xunta para obtener el código de autorización, ese salvoconducto necesario para proteger el frágil ecosistema de las islas. Con el código en su poder y el billete de la naviera descargado en el móvil, se acercó a la estación marítima de Cangas. Allí, el ambiente era una mezcla de protector solar y expectación. Familias con neveras, senderistas con botas de montaña y parejas con cámaras al cuello aguardaban la llegada del catamarán que los alejaría de la rutina.

Cuando el barco atracó y la rampa descendió, el grupo se embarcó en una transición casi mágica. Al soltar amarras, Cangas comenzó a empequeñecerse, revelando la silueta de sus casas de colores y el verde intenso de la península del Morrazo. El trayecto desde aquí es una delicia visual: el barco surca las aguas de la ría, dejando a un lado las bateas donde crecen los famosos mejillones, mientras la brisa del Atlántico empieza a limpiar los pulmones de los pasajeros.

A medida que el catamarán se acercaba al muelle de Rodas, el azul del agua se transformaba en un turquesa imposible, más propio del Caribe que del norte de España. Elena observaba cómo el barco maniobraba con precisión quirúrgica para atracar en el corazón del Parque Nacional. Al bajar, el crujir de la arena blanca bajo sus pies confirmó que el viaje había valido la pena. Salir desde Cangas no solo había sido una decisión logística inteligente para evitar el bullicio de Vigo, sino la mejor manera de entender que para llegar al paraíso, a veces es necesario empezar el camino desde un lugar con alma de pescador.