El sabor de la memoria: Por qué he dejado de comprar turrón en el supermercado
Durante años, mi relación con el turrón fue puramente inercial. Llegaba diciembre, iba al supermercado y llenaba el carro con esas cajas brillantes y ofertas de «3×2». Compraba tabletas de chocolate con arroz inflado, el blando, el duro y alguno de sabores exóticos que estuviera de moda ese año. Lo ponía en la bandeja de los postres y, honestamente, allí se quedaba la mitad, secándose hasta febrero. Comía por gula, no por placer.
Todo cambió hace unas navidades, cuando entré por casualidad en una confitería de toda la vida, de esas que huelen a almendra tostada y miel desde la acera. Decidí comprar una sola tableta de turrón de Jijona artesano. Me costó el triple que la del súper. Recuerdo pensar: «Espero que esto valga la pena».
Y vaya si lo valió. Aquel primer bocado fue una revelación.
Lo primero que noté fue la textura. El turrón industrial que yo conocía era una masa compacta, a veces demasiado seca o con una grasa que se te pegaba al paladar de forma extraña. El artesano, en cambio, «lloraba». Soltaba ese aceite natural de la almendra marcona al cortarlo. En la boca no era un bloque de azúcar; era una crema untuosa que se deshacía sola, con trocitos de almendra que crujían delicadamente.
Ahí entendí la diferencia fundamental: los ingredientes. Cuando vas a comprar turron artesano, no estás comprando azúcar con sabor a almendra; estás comprando almendra (mucha, a veces más del 65% o 70%) ligada con miel de verdad y clara de huevo. No hay jarabes de glucosa-fructosa, ni conservantes impronunciables, ni aceites de palma para abaratar costes. Es comida real. Es el sabor de la honestidad.
Desde entonces, he cambiado mi filosofía navideña: menos cantidad, más calidad.
Prefiero tener en mi mesa dos tabletas excelentes que diez mediocres. Comprar turrón artesano se ha convertido en un ritual. Me gusta ir a la tienda especializada o pedirlo directamente a obradores familiares que llevan generaciones haciendo lo mismo. Me gusta saber que detrás de esa tableta hay un maestro turronero que ha vigilado el tostado de la almendra y el punto de cocción de la miel en el «boixet».
Además, hay un componente de respeto a la tradición. El turrón es uno de los legados gastronómicos más antiguos y complejos que tenemos. Al pagar el precio justo por un producto artesano, estoy contribuyendo a que esos oficios no desaparezcan engullidos por la producción en masa.
Ahora, cuando saco la bandeja de turrones tras la cena de Nochebuena, ya no es un trámite. Es un momento de disfrute. Veo cómo la familia repite, cómo comentan el sabor, cómo se termina la tableta. He redescubierto que el turrón no es simplemente un dulce para llenar huecos; es un manjar que, cuando está bien hecho, compite con la mejor repostería del mundo.
No vuelvo atrás. La Navidad es demasiado corta para comer mal turrón.
