El Susurro del Atlántico: Mis Días Perdida en las Rutas de Ons
Hay lugares que no se visitan, sino que se habitan con los cinco sentidos, y la Isla de Ons es, sin duda, uno de ellos. Al desembarcar en el muelle, el bullicio de los viajeros se disipa rápidamente en cuanto te calzas las botas y decides que el asfalto no es para ti. Mi objetivo era claro: recorrer cada recoveco de este parque nacional, dejando que mis pies dictaran el ritmo de la historia.
Comencé por la Ruta Sur, quizás la más amable para calentar las piernas. Caminar entre los matorrales bajos, con el olor a salitre y tojo inundándolo todo, me hizo sentir una libertad que la ciudad me había robado. Al llegar al Mirador de Fedorentos, el mundo pareció detenerse. Desde allí, las Cíes se alzan como centinelas en el horizonte y la pequeña isla de Onza parece estar al alcance de la mano. Pero fue en el Buraco do Inferno donde la isla me mostró su verdadera fuerza. Al asomarme a esa grieta profunda donde el mar ruge en las profundidades, sentí ese escalofrío sagrado de quien reconoce la magnitud de la naturaleza frente a nuestra fragilidad.
Al día siguiente, busqué la soledad de la Ruta Norte. Es un sendero más agreste, donde el viento sopla con una intención distinta. A medida que avanzaba hacia el Faro de Ons, situado en el punto más alto, sentí que retrocedía en el tiempo. El faro no es solo una guía para navegantes; es el corazón de la isla, un testigo mudo de tormentas y naufragios. Desde su base, la panorámica de la ría de Pontevedra es un lienzo de azules imposibles.
Lo que más me cautivó de senderar por Ons no fueron solo los acantilados de la cara occidental, desafiantes y verticales, sino el contraste con la suavidad de las playas como Melide. Terminar una caminata de tres horas hundiendo los pies en esa arena blanca y fina, con el agua gélida del Atlántico besando mis tobillos, fue el mejor bálsamo.
Ven y descubre las rutas de senderismo en la Isla de Ons y te enseñarán que caminar es una forma de meditación. Entre el vuelo de las gaviotas patiamarillas y el sonido constante del oleaje contra el granito, encontré un silencio que no sabía que necesitaba. Ons no tiene prisa, y al recorrer sus senderos, yo tampoco la tuve.
