Publicado por paco el

El Tesoro de la Ría: A la Caza del Camarón en Sanxenxo

Para mí, no hay verano en Sanxenxo sin su liturgia más sagrada: comprar marisco fresco para una de esas cenas en la terraza que saben a gloria. Y dentro de todos los manjares que ofrece la ría de Pontevedra, hay uno que reina por encima de los demás, un pequeño tesoro de sabor intenso y textura delicada: el camarón gallego Sanxenxo. Este año, con la intención de darme un buen homenaje, decidí ir a por el mejor, directamente a la fuente.

Mi peregrinación comenzó en el corazón neurálgico del producto local: la Plaza de Abastos. Aunque Sanxenxo tiene su propio mercado, me encanta el bullicio y la autenticidad del de Portonovo, a solo un suspiro. Entrar allí es sumergirse en un espectáculo para los sentidos. El murmullo de las conversaciones, el olor fresco y salino del mar y, sobre todo, la increíble paleta de colores de los pescados y mariscos expuestos sobre un manto de hielo picado.

Pasé por delante de puestos rebosantes de nécoras que movían sus patas con fiereza, centollas majestuosas y brillantes lomos de merluza. Pero yo tenía mi objetivo claro. Finalmente, en uno de los puestos regentados por una pescantina de manos expertas y sonrisa afable, los vi. Allí estaban, montones de camarones de un color grisáceo casi translúcido, salpicados de motas oscuras, una señal inequívoca de su frescura. Aún se movían, dando pequeños saltos, una danza que prometía un sabor inigualable.

«¿Qué tal está el camarón hoy?», pregunté, aunque la respuesta era evidente. «De la ría, de primera. Saltando viene», me contestó ella mientras con una pequeña pala cogía una muestra para que los viera de cerca. La diferencia con otros que había visto en supermercados era abismal. Estos eran más pequeños, más finos, con unas tonalidades vivísimas.

Le pedí medio kilo del mediano, perfecto para cocer y comer tal cual, con el único aderezo de su propio sabor a mar. Mientras los pesaba con cuidado, charlamos sobre la mejor forma de cocerlos: en agua de mar o, en su defecto, con la proporción justa de sal, y apenas un minuto hasta que cambiaran de color. Salí de la plaza con mi bolsa, sintiendo que no solo llevaba una simple compra, sino una pequeña parte del alma de Galicia.

Esa noche, con el sol poniéndose sobre la playa de Silgar, cocimos los camarones. Al contacto con el agua hirviendo, se transformaron en pequeñas joyas de un rojo anaranjado intenso. Servirlos en la mesa fue un momento de celebración. Cada camarón era una explosión de sabor, dulce y salino a la vez. Sin duda, la experiencia de comprarlos yo mismo en el mercado, eligiendo la pieza y charlando con la gente que vive del mar, hizo que supieran todavía mejor. En Sanxenxo, la felicidad puede tener, perfectamente, la forma de un camarón recién cocido.