Publicado por paco el

Flores frescas y emotivas para decir “te quiero, mamá”

Hay palabras que no terminan de hacerse hueco en la garganta, como ese “te quiero” que muchas veces posponemos hasta el día señalado. Y es que, de todos los detalles que uno puede regalar, hay uno que nunca pasa de moda, uno que se reinventa como el mejor clásico y que se nutre de aromas, colores y memorias compartidas: flores Día de la Madre Santiago de Compostela. Piénsalo un segundo. En una ciudad donde la vieira y el botafumeiro casi compiten con los abrazos maternos, escoger flores para mamá es una tradición con alma gallega y universal.

Comprar un ramo en Santiago de Compostela no solo es cuestión de estética o de cumplir con la tradición. Es, más bien, una especie de conjuro para devolver a mamá las veces que nos recogió del suelo, esas meriendas con pan de broa y nocilla y cada vez que corrió tras nosotros con un paraguas gigante porque “aquí nunca se sabe cuándo va a llover”. Un ramo bien escogido, fresco y repleto de significado, puede ser como una declaración de guerra a la rutina diaria, ese recordatorio perfumado de que mamá se merece mucho más que un mensaje por WhatsApp (y sí, también mucho más que un típico perfume en oferta).

¿Qué hace especial el gesto de regalar flores? Puedes pensar que todas las madres del mundo reciben flores en su día, pero ay, camarada, la diferencia la marca el detalle, la elección, el flashback emocional al abrir el papel de seda y ver ese colorido estallido de pétalos. En Santiago, los floristas lo saben y se esmeran como si cada ramo fuese para su propia madre. Se esconde tras las flores una especie de lenguaje secreto que se transmite de generación en generación, casi como la receta de la tarta de Santiago que nunca nos sale igual.

A veces, un solo clavel puede evocar el olor de la infancia; otras veces, un manojo de lirios le recuerda a mamá la primera vez que os abrazó siendo apenas un bebé dormilón. Hay madres que prefieren las rosas porque, admitámoslo, traen consigo algo de glamour y de novela romántica, y madres que, sencillamente, sueñan con las margaritas del campo aunque no hayan salido de la ciudad en semanas. Lo bonito es que siempre hay un tipo de flor esperando su historia, ese golpe de efecto que hace detenerse el tiempo al menos durante el desayuno del domingo en que le entregas el dichoso ramo.

Todo el proceso puede tener más emoción que el último capítulo de una serie de moda. Entrar en la floristería, entre aromas que marean y nombres botánicos difíciles de pronunciar, y dejarte aconsejar por la florista de turno (cuyo sexto sentido maternal para captar anhelos ocultos rivaliza con el de tu propia madre) es ya una experiencia digna de contar. Y es que aquí, entre camelias y azaleas, uno acaba dándose cuenta de que lo que realmente se regala es tiempo, atención y esa pizca de ternura que nunca está de más.

Puede que te sorprenda, pero cada año las flores Día de la Madre Santiago de Compostela ganan protagonismo. No solo entre los habituales despistados de última hora, sino también entre aquellos que buscan un significado más profundo. Cada flor, cada color, cada aroma, esconde en sí mismo un mensaje secreto: desde la protección y la gratitud, hasta ese “eres lo mejor que me ha pasado” que a veces se nos atoruga en la boca. Y si bien las tecnologías permiten enviar emojis de flores, la realidad es que nada iguala al palpitar casi nervioso de acercarte con un ramo y ver a tu madre romper en una sonrisa inabarcable.

El humor tampoco está ausente en esta ecuación floral. No faltan las historias del hijo que, apurado, va directo a por el ramo más grande del escaparate pensando que más es mejor, solo para toparse con una madre práctica que, entre risas, recalca que le basta con que te acuerdes durante el año, no solo en mayo. O el adolescente que entrega rosas porque “lo dijo Google”, mientras la madre recoge las flores fascinada, pensando quizás en aquel primer ramo recibido allá cuando nadie soñaba con los móviles. 

Hay algo universal en el lenguaje de las flores, una especie de cordón umbilical invisible que une generaciones y que, por unos minutos, nos recuerda lo elemental: la capacidad de agradecer, de poner en valor el cariño cotidiano y de hacerlo con los cinco sentidos. Irse de la floristería con las flores Día de la Madre Santiago de Compostela bajo el brazo es llevarte también aspiraciones, buenos deseos y, por qué no, un pellizco de nostalgia cómplice. Porque, a fin de cuentas, el mejor ramo suele ser el que se elige con el corazón en la mano y la sonrisa torcida, sabiendo que ese pequeño acto dice más que mil palabras y que el efecto de esas flores, por más sencillo que parezca, nunca termina de marchitarse del todo.